Desde las costas del Perú, hasta las tablas de reconocido Ballet…todo un cuento de hadas…

Se llama Callye McCollum, pero en su cara se dibuja la raza del sol de los Incas. No habla español, pero es más peruana que “La Flor de la Canela”. No conoce el Perú, pero allí nació hace 22 años, y como en los cuentos de hadas, una mañana despertó y ya era bailarina oficial del Ballet de Oklahoma City.
Un momento. Rewind. Retroceda por favor. No, no fue tan fácil.
El cuento de esta bella hada, comienza cuando el destino llevó a sus padres Michael and Jodie McCollum al Perú en busca de nueva hija.
Allí, en Lima, la capital peruana la encontraron y ella los encontró a ellos.
Callye, llegó así hasta Luther Oklahoma, donde recibió educación en su propia casa, hasta que despertaron los ánimos deportivos, artísticos.
Callye y sus hermanos, dos hombres y dos mujeres, trabajaron distintas disciplinas. Ellos el béisbol, ellas baile, danza. Callye tenía 10 años.
Ella llegó hasta el taller de “Everything Goes Dance Studio”, donde su maestra Shannon Primeau le permitió recorrer todas las modalidades, hasta encontrarse a sí misma.
“Fue así como encontré mi hispanidad, allí me conecté con mis raíces hispanas”, dijo la bailarina.
Antes de decidirse por el ballet, Callye practicó tap, jazz, y hasta salsa.
Más tarde llegaría al Centro de Danza del Ballet de Oklahoma, y luego clases intensivas en el ballet de Tulsa.
Entre las principales presentaciones de Callye figuran: ”El Cascanueces”, “Réquiem” de Mozart, y próximamente se presentará en “El Pájaro de Fuego” y “El Mago de Oz”.
Este es su quinto año como bailarina titular de la compañía de Ballet de Oklahoma. Un logro que ni en los sueños de niñas juguetonas allá en el Perú, o aquí en Oklahoma, son fáciles de volverse realidad.
Nosotros la vimos practicar, ustedes tienen que verla en las presentaciones que se vienen.
Al verla con su figura menudita, uno no se debe confundir pues fácilmente puede adivinar la fuerza de sus presentaciones. Con un mágico chasquido ella pareciera poder cambiar la suavidad de su vuelo a ras del suelo, por la creación de figuras elásticas que viajan con fuerza a través de los sonidos del teatro.
Callye pudo haberse llamado Maria, Claudia o Paloma, pero el destino la bautizó asi, a lo mejor para recordarnos a todos que en nuestras vidas también pueden encontrarse finales felices.
Por eso al pedirle un consejo a la niñas hispanas de Oklahoma, ella sonríe con toda la cara y nos dice muy bajito: “Que sigan sus sueños, porque un día ellas van a llegar”.
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