En busca del equilibrio perdido Lo recuerdo como si fuera hoy. Hace unos años, esa derecha recalcitrante de todo el mundo celebraba a más no poder la caída del imperio socialista soviético, del Muro de Berlín, de la Polonia comunista y de otros tantos regímenes de la llamada Cortina de Hierro, que no eran ni más ni menos que todo el bloque de gobiernos comunistas de la Europa Central y Oriental. Hoy, casi dos décadas más tarde, aquellos que lloraron lágrimas de sangre por el derrumbe de la ideología de sus sueños, se solazan viendo a su enemigo capitalista herido de gravedad, tambaleante ante la mirada atónita de una humanidad que llegó a creer que este sería un mundo unipolar, donde Estados Unidos y su esquema económico serían el eje alrededor del cual giraría todo el planeta. Ni unos ni otros aprendieron la lección. Ni ese sueño guajiro de un mundo comunista tiene cabida ya en el planeta, ni esa absurda pretensión de que el capitalismo a ultranza puede resolver todos los males de la Tierra. El comunismo sencillamente se derrumbó por sus propios excesos, por su incapacidad de adaptarse, de abrirse, de "robar" algunas conquistas del capitalismo –como libertad, democracia y competitividad- y hacerlas suyas para sobrevivir. El capitalismo, ese capitalismo salvaje de los tiempos de la Revolución Industrial, pudo ver la luz de estos días, gracias a que supo reinventarse, copiar y hacer suyas algunas de las banderas socialistas, especialmente aquellas que protegían celosamente los derechos de los trabajadores. Pero tal parece que recientemente se durmieron en sus laureles. Entonces, los que en estos últimos años creyeron que el capitalismo salvaje al estilo Wall Strett llevaría la voz cantante por los siglos de los siglos, simplemente no supieron leer las señales de los tiempos. No entendieron que tomar lo mejor de los dos mundos era la receta idónea para una economía robusta y un sistema político a prueba del tiempo. La soberbia siempre es mala consejera. Muchos pensaron que el fracaso del comunismo era una cheque en blanco para que su polo opuesto se impusiera sin atenuantes. Y allí están los resultados. Decenas de modelos económicos neoliberales fracasados en Latinoamérica y Estados Unidos, su propio impulsor, descubriendo que había creado una soga para su propio pescuezo y haciendo malabares para librarse de ella. Pero la vida y el tiempo siempre se encargan de llevar las cosas a su punto de equilibrio. Casi todas las naciones de América Latina se han ubicado ahora en el centro político y económico. Estados Unidos apunta a la misma ruta. Pero como toda regla tiene su excepción, aún quedan algunos trasnochados de derecha y de izquierda extrema en gobiernos como los de El Salvador, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia. Un vistazo rápido a estas naciones basta para encontrar polarización al extremo, autoritarismo y un disco rayado desde el gobierno que repite demencialmente que los opositores son casi un engendro del demonio. Ellos, y algunos políticos de este país, requieren una clase de Historia Cotemporánea 101. Allí "descubrirán" que el éxito de naciones como las nórdicas (Suecia, Finlandia y Dinamarca) estriba en que aplican algunas fórmulas socialistas sobre una estructura económica capitalista. Hasta los chinos ya hace tiempo se dieron cuenta de ello. En menor escala, países como Costa Rica, desde hace más de medio siglo lograron implantar un híbrido en el que el estado-empresario y la iniciativa privada coexisten armoniosamente. A este lado del mundo, sin embargo, algunos siguen soñando con reinventar la rueda. Por eso nos asomamos al despeñadero. |